jueves, 14 de junio de 2012

Capítulo 2

   Tras un rato largo de risas incontenibles e inexplicables en suelo del salón, Laura se da cuenta de que tiene frío, la toalla y el pelo mojado que le cae sobre la espalda no son el mejor atuendo posible, y el estúpido gato orondo la mira inquisitivo.

- Tienes hambre, gato? pregunta al felino que la mira como queriendo hablar. - Sí, yo también.
Dicho esto Laura decide que su día rosa es un día perfecto para salir de casa, hace días que no sale y necesita el aire fresco y contaminado de la ciudad.

   Los pantalones vaqueros que antaño la iban como anillo al dedo, ahora parecen varias tallas grandes, la depresión en la que ha estado sumida durante los últimos meses ha pasado factura a su cuerpo. Ni siquiera se seca el pelo, no hay tiempo, no quiere que su humor vuelva a cambiar, tiene prisa por salir, tanta que casi se olvida las llaves puestas. Cuando llega a la calle siente una mezcla de emoción y aprensión, sale del portal casi con miedo, como un niño pisando el hielo por primera vez. Mira a su alrededor, hace tanto que no sale que siente que es un bicho raro, que todo el mundo la mira. Por un momento siente la necesidad de correr escaleras arriba y encerrarse en casa “¡NO! Hoy no. Vamos Laura, tú puedes hacerlo” se dice para sí misma mientras hace acopio de fuerzas y voluntad para seguir adelante “El supermercado está sólo a dos calles, está a la vuelta de la esquina” se autoconvence. No entiende que la pasa, es como si de pronto sufriese de agorafobia, pero se niega. Cierra los ojos con fuerza y empieza a caminar, cuando por fin los abre, nada es tan terrible como unos minutos atrás.

   Al entrar en el supermercado, de repente todo es familiar, el olor mezclado entre nuevo y rancio, el olor a carne y a pescado, y de nuevo se siente bien, se siente cómoda. Coge una cesta y pasea por todos y cada uno de los pasillos del supermercado, no sabe bien que quiere comprar, pero casi sin enterarse el carro está prácticamente lleno. De pronto se da cuenta de que está en el pasillo de mascotas, piensa pasar de largo, pero una de las fotos de los paquetes la recuerda al dichoso gato. Realmente odia a ese gato gordo y antipático que siempre parece mirarla mal, pero sabe que él depende de ella. Desganada mete en el carro un saco de croquetitas sabor salmón, y mientras se aleja ve unas latas de oferta. “Seguro que esto le gusta” piensa, “pero sólo lo compro porque está de oferta”.

   Con el carro lleno y las tripas rugiendo se dirige al lineal de cajas y sin motivo alguno, empieza a ponerse nerviosa de nuevo, cada “bip” de la caja es un “bip” más cerca de la calle. Laura no está dispuesta a estropear su primer día de positivismo en meses. Cargada con las bolsas se dirige a la salida con paso firme. En cuanto siente el aire fresco en su cara la congoja vuelve a apoderarse de su ser. Acelera el paso para llegar a casa cuanto antes, pero en el último semáforo, justo cuando sube a la acera, tropieza y cae dejando la mitad de la compra expuesta en la acera. Siente cómo de pronto sus mejillas arden y la vergüenza se la come por dentro “Tierra trágame” murmura para sí. Recoge todo metiéndolo apresuradamente en las bolsas y cuando se dispone a irse una mujer se acerca con una lata de comida de gatos y una sonrisa

- Perdona, creo que esto es tuyo

   Laura coge la lata y sale corriendo. Llega a casa, cierra la puerta con violencia y se deja caer de espaldas contra ella. Tiene ganas de llorar, no puede creer que en su primer día rosa, todo se torne gris otra vez. El estúpido gato aparece por la entrada contoneándose zalamero.

- Todo es por tu culpa, gato - le reprocha al minino quien responde con maullido sonoro y quejumbroso.

   Laura sonríe, es la primera vez que siente que aquella bola de pelo y ella interactúan. Recoge las bolsas, se incorpora y se dirige hacia la cocina seguida por el animal que parece haber olido la comida desde la escalera. Laura abre la lata magullada que la mujer le devolvió y sonríe de nuevo, se siente tan tonta...

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