Pasan los minutos y las horas y él no llama. Laura empieza a ponerse nerviosa, necesita su dosis de Andrés como si fuera una droga. Y hablando de necesidades y de drogas, mira su cajetilla de tabaco, ha estado tan nerviosa que sólo quedan dos. Debería bajar a comprar antes de que cierren el estanco, pero él llamará de un momento a otro y quiere estar en casa.
Los nervios han cerrado su estómago, cena un yogur y le pone al gato algo de cena. La espera y la incertidumbre la están matando. “¿Qué estará haciendo?¿Le habrá pasado algo?¿Estará bien?” estas y otras preguntas bombardean su mente mientras una profunda sensación de ansiedad se apodera de ella por completo.
- ¿Dónde está Andrés gatito? - dice mientras por primera vez se sienta junto a él y lo acaricia. El gato no se remueve como de costumbre, para asombro de Laura empieza a ronronear. “Le doy pena hasta al gato…” se compadece.
Al borde del ataque de nervios y sin más cigarrillos que llevarse a la boca decide bajar a comprar. Los estancos ya están cerrados así que tiene que ir al bar de Miguelón. Es lo último que la apetece, cuando Andrés vivía con ella iban a menudo, y desde que él se fue Miguelón siempre hace preguntas que la incomodan. Es por eso que dejó de ir. Pero no hay alternativa así que tras echar una última ojeada al ordenador, coge el móvil y sale de casa.
Al pisar la calle la sensación de miedo vuelve a aparecer, pero necesita tabaco con urgencia, así que hace caso omiso y camina hasta el bar. La música está alta y hay mucha gente, con suerte nadie la reconocerá. Entra directa hacia la máquina expendedora pero al ir a meter las monedas se da cuenta de que tiene que pedir que activen la máquina. Se queda pensativa un momento. ¿De verdad tiene tantas ganas de fumar como para acercarse a la barra y aguantar a Miguelón? La respuesta brota de subconsciente a la velocidad del rayo ““Sí””. Se arma de valor y se dirige a la barra, ya sabe lo que la espera.
Cuando Miguelón se gira y la ve, los ojos de él se abren con mezcla de sorpresa e ilusión mientras que ella sólo desea salir corriendo, huir, escaparse, esconderse, pero ya es tarde. Miguelón se acerca con su cara curtida y simpática
- ¡Princesa! Qué sorpresa tan agradable verte por aquí, ¿Qué te pongo? Hoy invita la casa.- La amabilidad de Miguelón abruma a Laura que sólo quiere su tabaco para volver a casa.
- No te molestes Miguelón, si sólo venía a por tabaco, si me das la máquina…- intenta responder Laura lo más educada y amistosamente que puede.
- Hombre, no te vas a quedar ni un ratito después de todo el tiempo que hace que no se te ve el pelo - insiste Miguelón con su gran sonrisa.
- No de verdad, es que no puedo, tengo un poco de prisa…- sonríe al acabar la frase para que Miguelón la deje en paz, pero el efecto no es el esperado.
- Anda pillina, que tú es que tienes a Andrés escondido en casa para disfrutarlo tú sola ¿Si o no? - aquí está esa pregunta incómoda típica de él. Si dice que sí, él intentará convencerla para que llame a Andrés y baje a tomarse unas cervezas, y si dice que no, Miguelón empezará con el tercer grado. “¿Cómo salgo de ésta?” se pregunta Laura mientras le sonríe falsamente. Por fin, se le ocurre
- Miguel, de verdad, es que hoy no puedo quedarme tengo muchísima prisa, si me das la máquina otro día más tranquilamente ya venimos y me quedo un rato ¿Vale? -, esperaba que la urgencia de la frase y el uso del “venimos” solucionaran su problema. Vuelve a sonreírle mientras cruza los dedos en su espalda.
- Bueno, bueno, pero otro día venís, ¿eh?” Laura no se lo puede creer, ha funcionado.
- Claro, claro, prometido - dice sin descruzar los dedos. Sabe que es infantil, pero si cruza los dedos las promesas no valen.
Con el preciado tabaco entre las manos vuelve a casa, la calle ahora está desierta, y no hay rastro de miedo ni nervios en ella. Se recuerda a sí misma a Smigol con su tessoro. Pero no puede dejar de pensar en Andrés.
No hay comentarios:
Publicar un comentario